Ética fotográfica

La Fotografía es, en gran medida, un medio de estudio, testimonio histórico y reflexión sobre la vida del Hombre y su entorno natural y urbano. Por ello, al autor de las fotografías aquí expuestas le apasiona capturar imágenes donde aparecen personas, tanto a través de retratos donde el sujeto posa voluntariamente para la foto, como captando espontáneamente instantes de esa Vida que bulle en cualquier rincón de nuestros pueblos y ciudades.

Todas las imágenes en las que aparecen personas se han realizado desde el máximo respeto a estas y sus circunstancias personales, condiciones de vida, peculiaridades sociales y estéticas, o cualquier otra condición que haya podido quedar plasmada en la imagen capturada.

El autor ha desistido de exponer en este y cualquier otro medio fotografías que haya estimado podrían dañar la intimidad, dignidad, derecho al honor o cualquier otro aspecto legal (por ejemplo, aparición de menores de edad en imágenes con suficiente detalle que permitiera identificarlos a partir de la fotografía publicada). También se han descartado aquellas en las que, más allá de las imposiciones legales, una persona pudiera resultar agraviada por cualquier circunstancia que el fotógrafo haya valorado inadecuadas para su publicación.

No obstante, si a pesar del cuidado puesto en la selección de las imágenes alguien pudiera verse incomodado porque él mismo o algún familiar aparece en una fotografía de esta web, puede dirigirse por correo electrónico a fotografo@albertobaquero.es, y plantear su disconformidad con la publicación de la imagen en cuestión. Atenderé cualquier sugerencia a la mayor brevedad, y por supuesto pido disculpas de antemano a todos los que puedan estar en esa situación.

Igualmente, si ocurriera precisamente lo contrario, es decir, a alguien le agrada o resulta interesante alguna de las fotografías, estaré encantado de hacerle llegar una copia de la misma.

Alberto Baquero

La cerradura

El ojo de la cerradura estaba enmarcado por una lámina de latón oxidado clavado en la madera con dos grandes remaches de acero. Destacaba sobre la superficie oscura de la puerta y actuaba a modo de proyector, vomitando un blanquecino chorro de luz hacia donde él se encontraba, haciendo así que se hicieran visibles las incontables motas de polvo que flotaban en el aire. Se convertía entonces el rellano de las escaleras en un universo de diminutas partículas que cabalgaban sobre aquel fulgor proveniente de los recónditos rincones de la habitación en la que nunca tendría oportunidad de penetrar.

El hecho de que repitiera la aventura cada vez que visitaba la casa de sus abuelos no le quitaba ni una pizca de emoción a la misma. El ascenso peldaño a peldaño de cada tramo de la escalera, la panorámica del gran helecho desde la baranda del rellano y el posterior giro y acercamiento hacia la puerta abriéndose camino entre las microscópicas estrellas polvorientas de aquel aire viejo y rural, hacían que su corazón se acelerara progresivamente, hasta que cuando ya rozaba con su cara la áspera madera de la puerta, colocando su ojo en línea con el de la cerradura, su respiración se paralizaba por unos instantes.

La escalera

Tenía tres tramos y un pequeño rellano. En el suelo se alternaban losas blancas y rojas, de barro cocido. Algunas estaban sueltas y producían un ruido incómodo al pisarlas. Pero él ya sabía cuáles eran, y las evitaba al subir o bajar. A veces incluso alcanzaba un peldaño sin pasar por el anterior, apostando con él mismo sobre si llegaría al final sin hacer saltar alguna de aquellas baldosas rebeldes. Al borde de cada escalón un listón de madera gastada y oscura hacía de frontera entre las losas y el vacío hasta el siguiente nivel, y todos ellos, sin excepción, estaban más gastados por el lado cercano a la baranda, fabricada con la misma madera, igualmente gastada y oscura. Al final de cada tramo de la baranda una bola de bronce dorado marcaba a modo de hito el cambio de dirección en el corto viaje de ascenso o descenso.

A mitad de camino, en el rellano donde siempre solía asomarse para contemplar desde arriba el macetón donde el helecho extendía solemne sus brazos verdes y frescos, había una puerta. Del lado de la pared la puerta, en el lado del vacío la barandilla escoltada por sus bolas de bronce, y allá abajo, en el suelo, el macetón con el helecho de siempre, siempre verde, siempre gigantesco, siempre paleolítico.

Primero se asomaba para mirar abajo, al helecho. Quizás simplemente para armarse de valor, para no pasar directamente a lo más difícil, para no enfrentarse al miedo, al temor, al enigma. Mientras inclinaba su cabeza por encima de la baranda respiraba profundo, llenaba sus pulmones de aire, y lentamente empezaba a girar hacia la pared donde se encontraba la vieja puerta que nunca encontró abierta, pero que a través de su cerradura le permitía atisbar parcialmente lo que en la habitación contigua se escondía.

Girasoles

No siempre las cosas son como se dice que son. Podemos internarnos en un campo de girasoles y capturar momentos en los que un ejército de plantas miran en dirección contraria al astro rey. Excepciones a la regla, o a los tópicos, o a la cultura popular, que no en todos los casos es exacta.

Girasoles. Antequera (Málaga)
Girasoles. Antequera (Málaga)

Humero

A veces la Fotografía juega con las coincidencias, las analogías, o las similitudes. El humero de una chimenea sobre la que flotan unas nubes que inmediatamente se transforman en nuestra imaginación en humo arrastrado por la brisa.

Humero. Casabermeja (Málaga)
Humero. Casabermeja (Málaga)