La cerradura

El ojo de la cerradura estaba enmarcado por una lámina de latón oxidado clavado en la madera con dos grandes remaches de acero. Destacaba sobre la superficie oscura de la puerta y actuaba a modo de proyector, vomitando un blanquecino chorro de luz hacia donde él se encontraba, haciendo así que se hicieran visibles las incontables motas de polvo que flotaban en el aire. Se convertía entonces el rellano de las escaleras en un universo de diminutas partículas que cabalgaban sobre aquel fulgor proveniente de los recónditos rincones de la habitación en la que nunca tendría oportunidad de penetrar.

El hecho de que repitiera la aventura cada vez que visitaba la casa de sus abuelos no le quitaba ni una pizca de emoción a la misma. El ascenso peldaño a peldaño de cada tramo de la escalera, la panorámica del gran helecho desde la baranda del rellano y el posterior giro y acercamiento hacia la puerta abriéndose camino entre las microscópicas estrellas polvorientas de aquel aire viejo y rural, hacían que su corazón se acelerara progresivamente, hasta que cuando ya rozaba con su cara la áspera madera de la puerta, colocando su ojo en línea con el de la cerradura, su respiración se paralizaba por unos instantes.