La escalera

Tenía tres tramos y un pequeño rellano. En el suelo se alternaban losas blancas y rojas, de barro cocido. Algunas estaban sueltas y producían un ruido incómodo al pisarlas. Pero él ya sabía cuáles eran, y las evitaba al subir o bajar. A veces incluso alcanzaba un peldaño sin pasar por el anterior, apostando con él mismo sobre si llegaría al final sin hacer saltar alguna de aquellas baldosas rebeldes. Al borde de cada escalón un listón de madera gastada y oscura hacía de frontera entre las losas y el vacío hasta el siguiente nivel, y todos ellos, sin excepción, estaban más gastados por el lado cercano a la baranda, fabricada con la misma madera, igualmente gastada y oscura. Al final de cada tramo de la baranda una bola de bronce dorado marcaba a modo de hito el cambio de dirección en el corto viaje de ascenso o descenso.

A mitad de camino, en el rellano donde siempre solía asomarse para contemplar desde arriba el macetón donde el helecho extendía solemne sus brazos verdes y frescos, había una puerta. Del lado de la pared la puerta, en el lado del vacío la barandilla escoltada por sus bolas de bronce, y allá abajo, en el suelo, el macetón con el helecho de siempre, siempre verde, siempre gigantesco, siempre paleolítico.

Primero se asomaba para mirar abajo, al helecho. Quizás simplemente para armarse de valor, para no pasar directamente a lo más difícil, para no enfrentarse al miedo, al temor, al enigma. Mientras inclinaba su cabeza por encima de la baranda respiraba profundo, llenaba sus pulmones de aire, y lentamente empezaba a girar hacia la pared donde se encontraba la vieja puerta que nunca encontró abierta, pero que a través de su cerradura le permitía atisbar parcialmente lo que en la habitación contigua se escondía.